En materia penal lo académico no puede ser derroche

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Se dice que en ningún país del mundo se puede vivir bien siendo un académico.  De hecho, cuando asumimos esta realidad profesional sabemos que no saldremos de ser unos humildes pobres, pero felices y agradecidos con Dios porque conocer y expresar el conocimiento es un don y como tal un talento.

No podemos olvidar que casi todo Iberoamérica aprendió Derecho en México y/o desde México.  Las instituciones, la legislación, las normas, los mismos libros de texto y los manuales surgían de los estudiosos mexicanos.  No creo que haya un abogado que no recuerde, con cariño, un autor, un libro, un texto mexicano, como fuente de su conocimiento.  El Derecho de México se lee, con propiedad, en todas las Universidades Latinoamericanas.  Sus instituciones jurídicas han servido de modelo a la mayoría de las leyes de casi todos los países de Centro y Sur América.  ¿Qué paso entonces con el derecho penal y procesal penal? ¿En qué momentos se rompió esa cadena de aciertos? ¿Por qué nos encuentra distraídos la reforma procesal penal y la justicia integral para adolescentes, sin una teoría del proceso, sin una escuela del derecho procesal, sin ideas propias?

La ausencia de un Código de Procedimientos Penales después de la reforma constitucional de 1917 consolidó unas formas procesales equívocas.  Llama la atención -desde la doctrina y desde la teoría del proceso penal-, la interpretación que se dio al modelo procedimental con el código federal de 1934.  La consolidación de un “juez y parte” en la averiguación previa fortaleció –para el poder político-, la naturaleza  inquisitiva del Ministerio Público.  No extraña en el proceso la ausencia del “principio de defensa” y, la figura de un juez complaciente tanto en la administración de justicia ordinaria como en la constitucional. 

La crisis del derecho penal de este siglo, en lugar de respuestas de solución, ha encontrado en la academia argumentos erróneos sobre el concepto de participación en la teoría del delito y una solución equívoca en la teoría del proceso, lo que viene produciendo, necesariamente, impunidad.  La ausencia de una pragmática procesal nos enfrasca en discusiones sin respuestas propias y sin sentido normativo en las teorías de la culpabilidad. Tal parece que la teoría del conocimiento, vista desde el derecho penal, se hace cómplice de la impunidad y de la delincuencia, peor aun cuando la teoría de los derechos humanos solo se perfila desde la delincuencia, sin considerar –como corresponde al derecho público-, a las víctimas, a los ofendidos y a la sociedad en general. 

Cuando procuramos encontrar en la historia alguna respuesta a los vacíos del derecho penal, a pesar de la importancia y prestigio que tienen los Institutos de Capacitación, me encuentro hoy ante un proceso de derroche académico en tres actos.  Primero. Que un investigador en materia penal y procesal penal fomente una presentación del libro por la cual le pagan por dar la conferencia y alguno de sus “achichincles” vende los libros de su producción.  Segundo. Que un investigador se invite a dar una conferencia sobre el tema de un  libro –para la cual cobra y por la cual le pagan-, que en la conferencia promocione el libro y que  igualmente, su pasante venda los libros fuera de la conferencia.  Tercero.  Que un investigador viaje a clases, conferencias, seminarios, lecciones inaugurales, etc., con sus libros y busque un pequeño esclavito, para vender sus publicaciones.  Ese pequeño iluso es, por lo general, alguno de los organizadores del evento que no tiene la valentía de decirle, al experto, yo no estoy aquí para vender sus libros, ese no es mi trabajo.

¿Hay algo de malo en todo esto? Cuando alguien se centra en su libro y no en la cátedra desde la cual enseña; cuando alguien está más pendiente de que se venda el libro que preparar la clase; cuando alguien abandona la sistemática de las aulas para concentrarse en la pomposidad de las conferencias; cuando alguien aburre no solo en sus clases, sino en sus foros y finalmente en sus libros, se produce casi siempre una duda sobre la rectitud de su intención o propósito.  Esto nos permitió conocer que muchos de los libros que compramos y utilizamos encuentran muchas distintas fuentes, la mayoría de ellas honradas, las propias de un profesor heroico que lo da todo para aprender y todo igualmente para enseñar; pero no todas las fuentes son claras, no todas son lícitas, no todas son propias.

Hay profesores que confeccionan una “antología” y la venden para que los alumnos cuenten con un texto de clase.  Hay profesores que escriben un libro y lo exigen como material de clase, para que los alumnos se ayuden en el estudio de los temas.   Hay profesores que traducen un libro al español, creyendo que los demás no conocen el idioma nativo, y le ponen su nombre, como si las ideas fueras suyas propias.  Hay profesores que editan un libro compilando los trabajos que redactan sus alumnos en clase y, sin ninguna pena –a pesar del delito de plagio-, le ponen su nombre.  Hay profesores que escriben un libro y luego otro y otro, repitiendo el mismo pero cambiándole el título.  Hay profesores que escriben un libro y lo editan, con distinto título, en distintas editoriales.  Hay profesores que ponen a otro profesional a escribir un libro y lo editan con su nombre.  Hay investigadores que editan, como de su autoría, lo que han escrito sus pasantes.  Hay profesores que escriben libros compilando los “pedacitos” de las tesis revisadas a sus alumnos de licenciatura, maestría y/o doctorado.  ¿No les parece que, desde el derecho penal, se nos puede corromper la academia?

A todo esto se suma, ahora, una nueva figura del derroche académico que se podría llamar “indigencia académica”, por la pobreza intelectual que se descubre.  Se trata de “expertos” que tienen una sola conferencia con distintos temas en boga.  Lo importante no es la conferencia, ni si son o no expertos, sino, que el tema de la conferencia sea un tema en auge.  La venden a buen precio pero nunca terminan de impartirla porque, en la introducción procuran “apasionar”; en el desarrollo, logran “ilusionar” para, en las conclusiones promocionar su libro. ¡Claro!  Una conferencia así se puede repetir siempre, porque nunca termina.  Es más, es posible ponerle el título que quieras.  Vas a ella y no es posible enterarse de qué va, porque refiere ideas sin sentido, sin coherencia, sin un claro objetivo, sin el deseo de ofrecer conocimiento sobre un tema sino, que puedas comprar el libro si quieres saber de qué trata el tema.  El problema no termina ahí.  Cuando uno compra el libro y lo lee, su contenido es igual al de la conferencia.  

Esta realidad la han tenido que enfrentar abogados postulantes, fiscales o agentes del Ministerio Público, jueces penales, defensores públicos, peritos, oficiales de policía, alumnos de maestría y/o especialidad, etc., en la implementación y capacitación para el Proceso Penal Acusatorio, no solo en los cursos financiados con ese objetivo por CONATRIB (2008-2009) y/o SETEC (2010-2013), sino en Diplomados, Especialidades y/o Maestrías en Institutos y/o en Universidades públicas y privadas.  Programas mal elaborados, contenidos temáticos innecesarios, proyecciones académicas insustanciales, técnicas inventadas y/o copiadas de otros sistemas, que no se adecuan a nuestras necesidades; exigencias que no reúnen un mínimo de condiciones;  talleres que no se adaptan a los principios que rigen nuestro propio proceso; respuestas que, en definitiva, no aclaran las preguntas ni ofrecen soluciones a nuestros problemas.  ¡Claro! Sus libros, que antaño se llamaban “recetas de mi abuela” hoy se venden con el título “Mi abuela y el proceso acusatorio”.  Es común que al explicar un tema a estos alumnos debamos aclarar, con la constitución en la mano -como argumento de autoridad-, que lo que les enseñaron ni es procesal penal acusatorio, ni es derecho penal, ni es teoría de los derechos humanos, ni son estrategias de litigio  y menos derecho constitucional.

Desde el derecho penal y procesal penal México necesita que los académicos pongamos nuestra investigación y  conocimientos al servicio de un proyecto que nos comprometa. Conviene que no se nos vaya la Nación que amamos a través de nuestras falsas letras.  Que no paguemos la inversión que han hecho en nuestro desarrollo intelectual con un proyecto de mínimos.  Que ningún alumno nos pueda señalar porque le hemos robado un tema.  Que no tengamos que quitar la mirada a quien quiere hacernos una pregunta, porque no sabemos cómo responderla.  Que no aceptemos nunca un aplauso por una línea, una página, un libro que no fue escrito por nosotros.  Que nadie tenga que gastar el doble por comprarnos el mismo libro con distinto título.  Que tengamos la humidad de admitir “de esto no se mucho o no sé nada” y, entonces, recomendar al que en verdad sabe.

A todos nos consta que la corrupción en México no es horizontal sino vertical.  Desde la academia no nos sumemos a la corrupción que hunde las raíces de algunos pocos en este país para el que investigamos y ofrecemos nuestro criterio profesional.  El conocimiento nos lleva a cambiar las cosas, nunca, a dejarlas como las hemos recibido y/o como las hemos encontrado.  Si tenemos la capacidad de comprender que algo no está bien es porque igualmente tenemos la capacidad de ayudar a cambiarlo.  Cuando esto escribo no ignoro que la ética no es para señalar a otro, sino, para aplicársela a uno mismo.   

 

Dr. José Daniel Hidalgo Murillo.

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Nota: Agradezco profundamente a mi amigo el permitirme compartir su interesante reflexión.

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