Derecho penal del enemigo y de la buena suerte

schmitt

(Anónimo)

En 1940 un poeta serbio ─Ivo Andric─ le platicó a Carl Schmitt esta historia[1]:

Un hombre mató en batalla a su rival, enseguida una serpiente que dormía en el corazón del muerto, dijo al asesino: “Has tenido suerte de que yo haya dormido durante vuestra lucha”. “¡Ay de mí ─reflexionó el homicida─ he matado a un hombre que era más fuerte que yo!”.

 

 

 

 

Tarde se percató de la bondad de su víctima, una bondad incluso mayor a la suya, no había enemistad entonces.

Siete años después, en 1947, Schmitt estuvo preso en un campo de concentración. El simpatizante nazi dijo desde su celda: “¡Ven, muerte querida!”.

Como en la historia del poeta serbio, Schmitt debió lamentarse después de su concepto amigo-enemigo con el que pretendió justificar el sentido de la guerra (en el ámbito jurídico). Semejantes consideraciones no deben traerle suerte a nadie: ¡basta ya del Derecho penal de enemigo!, ¡basta ya del Derecho penal de la buena suerte!

Finalmente obsérvese cómo al principio el amigo-enemigo estaba(n) situado(s) en el corazón de la misma persona; véase cómo al marcharse uno, quedó la huella en el otro, es decir, quedó la marca del amigo en el enemigo, y viceversa, una huella de lo que antes fue una presencia, pero que ahora define a cada cual. 

 

Nota: Agradezco a un noble amigo el compartir con su servidor la presente reflexión

 

[1] Schmitt, Carl, Ex Captivitate Salus, trad. Anima Schmitt de Otero, Ed. Trota, Madrid, 2010, p. 41.

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