PARÁBOLA DEL VENDEDOR DE PERLAS

GARCIAM2

 

Sobre la ruta sinuosa, cubierta de polvo, caían los rayos ardientes de un sol de fuego. Era la ruta que conducía a Jerusalén. Cuatro viajeros descansaban a la orilla del camino, sentados sobre la orilla de un pozo abandonado, bajo la sombra de una higuera.

El primero era un viejo mago de Chaldèe.

La sabiduría-dijo- es el tesoro más rico de los hombres. Gracias a la sabiduría, conocemos las intenciones de Dios y los misterios del mundo; es por ella que conocemos los secretos de los astros, y los secretos que los astros nos revelan, como un libro abierto, los secretos del Destino.

-La sabiduría es muy noble, en verdad – exclamó otro de los viajeros, que regresaba nuevamente de la Arabia Feliz pero la sabiduría es un camino que conduce al dolor.

Los hombres más sabios – prosiguió – nunca han sido los más felices. El hombre más sabio no es el más feliz; por el contrario es quizá el más miserable. El mortal dotado de sabiduría tiene una conciencia clara de su miseria y su dolor. El sabio sabe que su existencia es pobre y  poco importante; conoce también la vanidad de su inútil conocimiento. Y, si es un verdadero sabio, sabe también, – como decía un griego- que esa ciencia no es otra cosa que la conciencia de su ignorancia.

… Un corazón simple vale mil veces más que toda la ciencia de los hombres.

La simplicidad es un camino que conduce derecho a la paz íntima. La sabiduría es por el contrario una senda sinuosa, que inspira a la inquietud, una dolorosa inquietud…

El tercer viajero tomó entonces la palabra. Venía de un país lejano a las pirámides.

Para usted – exclamó, dirigiéndose a aquel que había hablado primero – el bien más grande  es la posesión de la verdad.

Usted piensa lo contrario – añadió, dirigiéndose al segundo – que la simplicidad del corazón es un tesoro más rico que la ciencia. Ustedes dos buscan sin embargo una sola y misma cosa: la realización de la felicidad.

La felicidad está para usted en la ciencia; para usted reside en la simplicidad.

Busco también la felicidad – continúo él – pero  yo la busco en el amor. El amor es más potente que la ciencia. La ciencia no es más que pensamiento: el amor  por el contrario, está muy impregnado de poesía, y es sentimiento puro! …

Realmente, el tesoro al cual aspiramos todos, no es ni la ciencia, ni la simplicidad del corazón, ni el amor. El verdadero tesoro es la felicidad. He aquí el fin verdadero: la ciencia, el amor o la simplicidad son los medios.

El cuarto viajero venía de la India  y era el único que no había manifestado su opinión. Sus rasgos eran bonitos, sus ojos profundos.

Ustedes dicen – exclamó, – que la felicidad es el tesoro más elevado, que la felicidad perfecta es el fin supremo. Permítanme diferir un tanto de su opinión.

La felicidad en sí, no tiene valor alguno. El tesoro más grande  de la humanidad es la persecución de la felicidad. Y este deseo tiene el más suave de los nombres: se llama ilusión.

Desear la felicidad, perseguirla durante toda la vida, con toda su alma, sin alcanzarla nunca: he aquí, la verdadera felicidad.

… Érase una vez, en un país lejano, un vendedor de piedras preciosas….

Estaba sentado un día a las puertas del mercado; tenía a su derecha un maletero desbordante de perlas, y a su izquierda, una cesta de esmeraldas.

Por cada esmeralda, pedía una moneda de plata, y una moneda de plata para cada perla.

Todos los habitantes de la ciudad se dirigían hacia el mercado e iban hacia el negociante.

Las perlas valen mil veces más que las esmeraldas – pensaban todos -. Y cada uno compraba una perla y daba a cambio su parte de dinero.

Durante tres días el negociante vendió perlas y al cabo de tres días las perlas se agotaron.

Entonces los habitantes del lugar que aún no habían comprado piedras semipreciosas, a falta de perlas, compraron esmeraldas. Durante tres días el negociante vendió esmeraldas, y al cabo de tres días las esmeraldas se agotaron también. Y cada habitante de esta ciudad poseía una piedra preciosa: unos tenían piedras blancas, las de los otros eran verdes: las piedras blancas eran perlas de felicidad; las verdes, esmeraldas de ilusión.

Pero pronto los que tenían piedras blancas descubrieron con dolor que sus perlas eran falsas. La felicidad que se alcanza es, en efecto, una felicidad perdida. Imaginaron entonces intercambiar sus piedras con las piedras de los otros

Las esmeraldas eran verdaderas, pero como sus dueños ignoraban que las piedras de los otros no tenían valor alguno, estuvieron de acuerdo alegremente en hacer el intercambio, pensando que obtendrían un beneficio.

Intercambiaron sus ilusiones con lo que consideraban su felicidad, pensando en así alcanzarla Pero pronto descubrieron con el mismo dolor que sus precedentes su desastroso error.

Y fue así como los habitantes de ese país pudieron darse cuenta que la ilusión vale más que la belleza, y que la felicidad perfecta consiste siempre en desearla sin alcanzarla jamás…

Es por esta razón – concluye el joven narrador con un acento romántico – que prefiero las esmeraldas a las perlas…

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Eduardo García Maynez.

(1908-1993)

Vida y obra:

http://biblio.juridicas.unam.mx/libros/libro.htm?l=2479

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