¡Cuánto Derecho penal está orquestado en el cruce de dos avenidas! (Anónimo)

caballito

Mi gusto por el automóvil no sería tan grande si no me hubiera conducido a los territorios de la dogmática penal por él conquistados. Así como hay plantas de las que dicen que poseen el poder de hacernos ver el futuro, también existen automóviles que tienen igual capacidad.[1]

¡Cuánto Derecho penal está orquestado en el cruce de dos avenidas! Por algo la Ciudad fue concebida en Grecia como símbolo de la civilización. Desde siempre ha sido conocida la relación entre Ciudad y Derecho.Es perfectamente válido decir: ¡Si no puedes cambiar el Derecho cambia de Ciudad![2]

al vez estén circulando definiciones bajo la rúbrica de “Derecho penal” sin que necesariamente pertenezcan a su concepto.[3] En la medida en que podamos comprender lo característico de la Ciudad el concepto de Derecho penal que podamos ofrecer será más adecuado. Según sea el concepto que la Ciudad tenga de sí misma, de ello dependerá el concepto de Derecho penal: la ciencia del Derecho debe formar a la sociedad en la comprensión de su propio Derecho y, con ello, también, en la comprensión de ella misma.[4]

El desarrollo de las Ciudades permitió que el Derecho penal se alejara de las normas jurídico-civiles,[5] por eso, si percibiéramos con éxito los señalamientos de tránsito, podríamos reforzar todo el poder público del Estado. Recordemos que en el respeto a la norma subyace el reconocimiento del espacio público y privado. Concedámosle entonces a la Ciudad un poco de respeto por la norma: ¡habitémosla propiamente![6]

Las señales de tránsito no son más que imitaciones de los signos de puntuación. En este sentido, el bache sería un guión, pues rompe con algo que parecía estar unido. Hay baches que incluso por su forma adquieren las dimensiones de un paréntesis, sin hablar de los corchetes, que anuncian ya un parentético camino.[7] Los señalamientos de tránsito pueden llegar a ser para el extraviado, algo tan valioso, como para el conocedor una pintura al oleo.[8]

Los alemanes conocen una Filosofía del Derecho de lo más cotidiano, una Filosofía de la circulación vial.[9] En Alemania la vagancia es una categoría casi artística para el flâneur, donde está implícita la idea de saber habitar. El flâneur es algo de lo que no pueden gozar los presos, las personas condenadas a prisión se privan de una de las satisfacciones más cotidianas: la de conducir.[10] Baudelaire aludió al último viaje precisamente al final del poema de las Flores del Mal:

 “¡Ho muerte, vieja capitana, es la hora!

¡Levemos el ancla!

Hasta el fondo de lo desconocido para encontrar algo nuevo”.

El último viaje sin duda es la muerte.

 

Paul Claudel se extasió ante la belleza de un sarcófago encontrado sobre la carretera que le conducía a Ostia, el sarcófago para él representaba las musas, “¡las nueve musas!”, decía. Claro porque ─lo pienso─ ¡detenerse en una curva es casi morir!

Alguien, a pie de carretera, consciente de padecer la enfermedad del viaje, a todo mundo preguntaba: “¿quién va o viene de más lejos?”. El hombre de la multitud no se deja leer, sería vano seguirlo, él representa el arquetipo y el genio del crimen, adopta como propias todas las profesiones, todas las alegrías y todas las miserias que las circunstancias le imponen.[11]

Nunca nadie disfruta de mejor panorama que cuando se hace llevar por una grúa, es como pasar de mero espectador a vigilante, es magnífico ver desde otra altura las señales de tránsito y saber que la dignidad humana nos invita a un paseo libre de violencia.

Si antes se corría para no ser alcanzados por un animal salvaje hoy lo hacemos para no perder el autobús de un conductor desatento. En ambos casos subsiste un hecho igualmente violento y la amenaza de que se trate del mismo personaje.[12] Envueltos en el tráfico diario hay que ver sobre la marcha todas las dificultades del tránsito.

De noche los jóvenes salen a jugar arrancones, como si con eso nos advirtieran que en la Ciudad las únicas posibilidades de placer están ligadas al peligro.[13] Se ven en la Ciudad conductores que se ciñen a las avenidas de modo tan perfecto como la descripción típica que les prohíbe conducir ebrios. Ahora un copiloto dice al conductor: “¡bebe sin detenerte como un corredor de fondo!”, entonces maneja hecho Schumacher.

Cuando un automóvil dobla a la izquierda para entrar en una calle perpendicular y pasa a centímetros de un transeúnte, a éste no le queda más que decir, no sin cierto aire de grandeza: “¡Te amo, Capital infame!”.[14] Efectivamente el vaivén de la ciudad es dogmática pura. Igual ocurre al pasar una avenida: en el peligroso “pasar del otro lado” podemos encontrar el momento determinante del destino ─la muerte─ pero ni caminar, ni detenerse, ni mirar hacia atrás, podrá evitarlo. En fin…el Derecho penal está en constante tránsito y transición.[15]

[1] Benjamin, Walter, Infancia en Berlín hacia el Mil Novecientos, trad. Jorge Navarro Pérez, Ed. Abada, Madrid, 2011, p. 33.

[2] Lo más cruel que se pueda decir de la Ciudad ya lo expresó Charles Baudelaire: “La Ciudad cambia más rápido que el corazón de un hombre”. Charles Baudelaire, citado por Walter Benjamin, en El retorno del Flâneur, p. 218. En palabras de Aurevilly: “unos pocos años sepultan las costumbres de una Ciudad más rotundamente que todo el polvo de los volcanes”, consúltese Barbey D’ Aurevilly, citado por Franz Hessel, en Paseos por Berlín. Pero José Alfredo Jiménez lo dijo brevemente, de manera simple y sin complicaciones: “las ciudades destruyen las costumbres”.

[3] Jakobs, Günther, La Ciencia del Derecho Penal ante las Exigencias del Presente, p. 9.

[4] Jakobs, Günther, ¿Ciencia del Derecho: técnica o humanística?, trad. Manuel Cancio Meliá, Ed. Universidad Externado de Colombia, Bogotá, 1996, p. 30.

[5] Armenta Deu, Teresa, Sistemas Procesales, la Justicia Penal en Europa y América, p. 23.

[6] Decía Hessel: “Conceded a nuestra Ciudad un poco de vuestro amor por el paisaje”, citado por Walter Benjamin, en El retorno del Flâneur, 1929, p. 216.

[7] Adorno, Theodor W., Signos de puntuación, en Notas de Literatura, p.115.

[8] Benjamin, Walter, citado por Concha Fernández Martorell, en Walter Benjamin, Crónica de un Pensador, 1992, pp. 176 y 177.

[9] Naucke, Wolfgang y Regina Harzer, Filosofía del Derecho, Conceptos Básicos, pp. 7 y 14.

[10] Roxin, Claus, La Parte General del Derecho penal sustantivo, en Introducción al Derecho Penal y al Derecho Penal Procesal, p. 20.

[11] Poe, Edgar Allan, Cuentos, tomo I, trad. Julio Cortázar, Ed. Alianza Editorial, Madrid, 1980, p. 256. Baudelaire, Charles, El Spleen de París, trad. Margarita Michelena, Ed. Fondo de Cultura Económica, primera reimpresión, México, 2002, pp. 47 y 48.

[12] Adorno, Theodoro W., Minima Moralia, p. 162.

[13] Adorno, Theodoro W., Minima Moralia, p. 163.

[14] La expresión “!Te amo, ho Capital infame¡”, le pertenece a Charles Baudelaire, El Spleen de París, trad. Margarita Michelena, Ed. Fondo de Cultura Económica, primera reimpresión, México, 2002, p. 177.

[15] Sartre, Jean Paul, Baudelaire, trad. Aurora Bernárdez, tercera edición, Ed. Losada, Argentina, 1968, p. 26: “una Ciudad es creación perpetua: sus inmuebles, sus olores, sus ruidos, su vaivén pertenece al reino humano.”

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