El cuerpo utópico

Apenas abro los ojos, ya no puedo escapar a ese lugar que Proust, dulcemente, ansiosamente, viene a ocupar una vez más en cada despertar. No es que me clave en el lugar –porque después de todo puedo no sólo moverme y removerme, sino que puedo moverlo a él, removerlo, cambiarlo de lugar–, sino que hay un problema: no puedo desplazarme sin él; no puedo dejarlo allí donde está para irme yo a otra parte.

Una somera reflexión para la comunidad del Instituto Politécnico Nacional

Es dable advertirle al lector que el tema que nos ocupa, por su trascendencia, me obliga desde un inicio a precisar que su servidor se ha manifestado y está a favor de la reforma educativa recién instaurada por el Constituyente Permanente en nuestra Carta Magna, y es precisamente ese nuevo paradigma constitucional el que me obliga a disentir con la pretendida reforma realizada al Reglamento Interno del Instituto Politécnico Nacional por parte de su Consejo General Consultivo (en adelante “nuevo reglamento”).

Hans Kelsen

De familia judía alemana, Hans Kelsen nació en Praga el 11 de octubre de 1881, en el aquel entonces Imperio Austro-Húngaro. Sus padres fueron Adolf Kelsen y Löwy Auguste; su padre provenía de Brody – en la región de Galitzia, en lo que hoy es Ucrania – y su madre de Jindřichův Hradec – Bohemia del Sur, hoy en la República Checa – y se conocieron en Praga dónde Adolf buscaba prosperar con su negocio de lámparas. Con tal fin en 1883 la familia se muda a Viena donde Adolf Kelsen abre de nuevo una pequeña tienda de lámparas por la cual la familia se establecería de manera definitiva en tal ciudad.